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miércoles, 4 de julio de 2012

LOS OFICIOS DE DON GUILLERMO (Resultado de una larga entrevista entre septiembre de 2006 y junio de 2007)

“Estoy totalmente satisfecho e inmensamente feliz por la vida que he tenido. Una vez en una entrevista, en Conesa,  dije que soy inmensamente rico, pero enseguida aclaré: lástima que no tengo plata. He vivido con buenas, malas y regulares, me voy satisfecho de haber pasado por la vida y dejar un rastro, por  haber podido conocer mucho y tratar de volcar en los demás lo que pude aprender”.
Don Guillermo se tira hacia atrás en la silla, respira profundo y se queda en silencio. Las pocas palabras que acaba de pronunciar le parecen suficientes como el balance de su trayectoria de casi 85 años. El cronista también saca sus conclusiones, después de varias horas de charla con este hombre corpulento y formal, de mirada atenta y gesto servicial, de sonrisa generosa y voz pausada..
Hay una enorme austeridad en la autoestima de esta personalidad singular que tiene enfrente y pudo conocer a través de la recopilación de decenas de datos acerca de su vida, cada uno más interesante que el otro.
La existencia de don Guillermo se caracteriza por la sucesión de experiencias duras, con momentos de contrastes muy fuertes y permanentes desafíos a ese valor humano que ahora se llama resiliencia y antes era, sencillamente, saber ponerle el pecho a las adversidades y sacar ventaja de cada dificultad.
El aprendiz de peón rural que a los 12 años fue cobijado por una familia lituana en la colonia Juliá y Echaren, porque era necesario arrimarle unos pesos a la madre viuda que tenía que sostener una prole de otros 12 hijos, se convirtió en la edad madura en viajero del mundo y visitó los principales centros de la cultura universal como referente especializado en las artes folklóricas argentinas.
El escribiente del Ejército que repasó mediciones de altitud en la despoblada meseta de Santa Cruz llegó a juez de Paz de la pujante ciudad de Cipolletti, resolviendo con eficacia y capacidad de mediador diverso tipo de conflictos. 
El agente de policía que galopaba  20 leguas en sus recorridas de vigilancia por los pagos de Clemente Onelli fue jurado del encumbrado festival nacional de folklore de Cosquín, cuando aquel certamen gozaba de prestigio indiscutible.
El alambrador y cazador de zorros que se rebuscaba el peso esquivo para afrontar sus necesidades ocupó temporalmente la presidencia de la Legislatura de Río Negro.
Cuando el cronista analiza la rápida sucesión de alternativas en el itinerario vivido por don Guillermo advierte relieves y alternativas apasionantes. Un relato de vida que merece ser contado.

Un vasco en la Patagonia.


Toda historia tiene un comienzo, hay un signo inicial, una puerta que se abre al destino. Tomás Iriarte, hombre fuerte y trabajador, era un vasco de pura sangre que había llegado desde la Euskadia, directamente al norte de la Patagonia, en los últimos años del siglo 19. Tuvo un carro y fue alambrador allá por Fortín Uno, después conoció a una criollita llamada María López y enfiló con ella para la colonia La Picasa.
Más  tarde fue balsero sobre el río Neuquen, por el mismo lado en donde construirían el puente con Cipolletti. Entonces  trasladó la balsa a Paso Peñalva y al principio trabajaba por su cuenta, hasta que después quedó como encargado con sueldo. Todavía faltaban muchos años para la construcción de los puentes sobre los brazos del río y el servicio de la balsa era imprescindible para todo tipo de comunicaciones.
Guillermo fue el octavo de los trece hijos del matrimonio de Tomás Iriarte y María López. “Antes estaban mis hermanos Clodomiro, Emiliano, Tomás, José, Miguel, Salvador y Graciana; en 1922 para el siete de julio para ser más exactos aparecí yo; y después vinieron  María Luisa, Elsa, Domiciano, Martín e Inés. Pero a la pequeña, la última de la serie, en la  familia siempre la llamamos Shirley. Ocurre que mi mamá quiso ponerle ese nombre, por la famosa niña actriz Shirley Temple , pero el juez de Paz no se lo aceptó”.

Recuerda después: “cuando yo nací mi padre ganaba 75 pesos por mes como encargado de  la balsa y pasaban muchos arreos de hacienda; y quienes transitaban por allí lo menos que hacían era dejar un novillo, o un capón; y además teníamos una huerta. Quiere decir que  nosotros vivíamos muy bien, cuando me inicié  en la escuela a  los seis años tenía un  trajecito marinero, que era una prenda que no cualquier chico de campo podía lucir”.


Alumno y maestro al mismo tiempo


Desde muy temprano hubo una relación intensa y especial entre don Guillermo y los libros. “Cuando empecé a concurrir a la escuela ya leía correctamente, y a los siete años ya hacía palabras cruzadas, que me permitieron aprender geografía, historia antigua y muchas cosas más” apunta.
“El diploma de sexto grado me lo dieron honoris causa. En la escuela había dos aulas, en una estaba el primer grado inferior, que eran unos cuantos chicos y en la otra nos amontonábamos todos los demás alumnos, desde primer grado superior a sexto. El aula de primero tenía un maestro y en la otra daba clases el director. El primer día de clases el director y el maestro se pelearon, el director le pegó una piña y el maestro se fue, para no volver más. Se planteó un problema porque no había otro docente disponible y entonces ¿qué se le ocurrió al director?. ¡Me puso a mí como maestro de primer grado inferior!. El director venía y me daba instrucciones y así seguí yo hasta el día siete de julio de ese año, que era el día de finalización de las clases... y el de mi cumpleaños. Ese día vino el visitador, que era el nombre que le daban al inspector  trajo un maestro para que me reemplazaran. En ese momento me entregaron el diploma de sexto grado sin haber cursado ni un solo día... como recompensa por haber atendido aquel grado” relata.
Un nuevo silencio, otra pausa como para medir el tamaño de los recuerdos. “No sé, en mi vida han ocurrido toda clase de cosas”.

El peoncito de campo

La prosperidad familiar se hizo trizas por 1931, cuando Tomás Yriarte falleció, dejando a su viuda con una prole de trece miembros y las enormes deuda contraídas durante los crueles cinco años de la enfermedad de su marido.
“Cuando terminé el sexto grado en la escuela primaria número siete de Paso Peñalva  escribí unos versos que todavía recuerdo. Hoy el adiós te da un niño, escuela número siete. Su corazón te promete llevar a esta institución con  el alma y corazón cual un himno prominente, y no olvidará mi mente este voto tan sagrado: seais maestro loado y tu escuela un sol naciente. Poco después, cuando mi padre murió, quedamos prácticamente en la ruina , en medio de la famosa crisis de los años treinta”.
Comenzó entonces la lucha contra las penurias, el ejercicio de esa habilidad extraordinaria para vencer sobre los problemas.
La voz de don Guillermo adopta el tono seco que le parece adecuado para los recuerdos poco gratos.
“Mi madre reservó una vaca lechera, todo lo demás lo vendió. Menos mal, porque de ese animal obteníamos hasta unos 18 litros de leche diarios, que nos aseguraba una parte de la alimentación. Yo tenía hermanos mayores, pero nadie les daba  trabajo, ni por la comida. Cuando venía la trilla aparecía un hombre llamado Naro Fernández, que tenía  una trilladora y pagaba un peso por día, para el trabajo de sol a sol. Ese peso alcanzaba bastante, porque un kilo de yerba costaba 40 centavos, la galleta 25, el kilo de carne el 30 centavos. Por eso cuando cumplí 12 años y terminé la primaria llegó el momento de colocarme como peoncito. Porque así ayudaba con unos pesos a mi madre y, además, era una boca menos para alimentar.”
“Hemos tenido épocas de bonanza y de las otras, de las que  no reniego por cierto, porque siempre se aprende algo y se templa el espíritu. Estoy agradecido de esos tiempos de privaciones, porque así uno después pudo valorar lo que alcanzó a tener”, reflexiona, sobre la base de una sabiduría sencilla, conquistada con sacrificio.
 Con el noble propósito de ayudar a doña María López y, al mismo tiempo, iniciarlo en las labores del campo lo cobijó una familia radicada en la colonia Juliá y Echarren, cerca de Río Colorado. Eran inmigrantes de origen lituano, los Kristapovich. Gente buena que recompensaba su dedicación. “Esa familia prácticamente me adoptó como hijo, el sueldo prometido era de cinco pesos mensuales y cuando vino la primera paga me encontré con la sorpresa de que como premio por mi dedicación no me descontaron el par de alpargatas ni los libros que les había hecho comprar” Apenas tres meses después de haber empezado a trabajar ya me habían triplicado  el salario”.
El amplio horizonte de los campos de Río Colorado muy pronto le reveló una enorme cantidad de secretos al adolescente Guillermo Yriarte. La escuela primaria número siete ya había quedado atrás , aunque siempre habría de recordarla y valorala “porque es la única enseñanza formal que recibí en mi vida”.
La gente del campo, modesta y rústica, empezó  a transferirle sus complejos saberes sobre la vida y la muerte, los ciclos de la naturaleza, el trato con los hombres y los animales, las reglas básicas de la subsistencia en medio de la nada y tantas otras cuestiones que fue cargando en su mochila, ávida y curiosa, siempre con una poco más de lugar. Quizás, sin saberlo el propio Guillermo, chiquilín morrudo de pantalones cortos aquellas iniciales experiencias  dejarían en su intelecto una marca indeleble para el resto de su vida. Esos conocimientos rurales acrecentados con todo lo que aún le faltaba vivir, los  volcaría, varias décadas después, en algunas de las páginas de su libro “Tradiciones del Río Negro”

Del pisadero a la comparsa de esquila

El peoncito de campo de la colonia Juliá y Echaren aprendió todos los oficios rurales. Guillermo Yriarte se fue haciendo en la vida, con enorme interés por aprender y, especialmente, muchas ganas de ser útil en el sitio en donde le tocase estar.
Al establecimiento de los Kristapovich llegó a los 12 años, y un poco más grande pasó a Pedro Luro, donde hizo de peón de albañil en la construcción del galpón para la estancia La Espuela. Las paredes se levantaban con adobes de barro, preparados  en un pisadero de barro con caballos. Los equinos se arremolinaban en el medio del círculo de tierra, agua y bosta; había que montar sobre el lomo de uno de  los animales para ordenarlos y como Guillermo era el de físico más menudo se le encomendó esa tarea.
Su recuerdo es preciso al respecto. “Eran caballos mañosos y  fue muy  bravo al principio, pero me fui acostumbrando  a sus mañas y así fue que me convertí en domador de pisadero, en medio de la admiración de mis hermanos mayores, que eran experimentados domadores de baguales”.
También trabajó por ese tiempo en Vialidad, como cargador de piedra en las canteras “porque los camiones se cargaban a pala y había una sana rivalidad entre los cargadores, tres obreros tardábamos unos siete minutos en cargar una caja con cuatro metros cúbicos de piedra”.
Poco después se le presentó una oportunidad distinta. Uno de sus hermanos mayores estaba enganchado en la comparsa de esquila  de don Manuel Barrionuevo y lo recomendó para la tarea de “prensero”,  trabajo duro que lo llevaría al extremo sur,  para descubrir los infinitos  cielos de la Patagonia. Estaba por iniciarse en la inefable condición de trashumante. Se lanzó a los caminos por pura necesidad laboral, acicateado por el imbatible espíritu de superación, pero pronto descubriría la irresistible atracción que ejerce el horizonte, que siempre está lejos y nunca se logra alcanzar.
“Tenía 18 años cuando arrancamos desde Río Colorado con  Barrionuevo, Enrique Sosa y el Chano Pacheco, con un total de cinco máquinas. Me acuerdo de Pichín Escalante y Mario Gómez, entre los compañeros de trabajo. Llegamos hasta Cabo Raso y Alto Río  Mayo, eran estancias en donde se esquilaban de 80 a 90 mil ovejas, una tarea enorme de  varios días”. Seguramente fue en ese tiempo que se forjó la enorme vocación de don Guillermo por los viajes, esa ansiedad por derrotar distancias que dominaría varios momentos de su vida.
“Fui a la esquila como prensero, que es  un trabajo muy duro, muy pesado. Estábamos en Camarones cuando uno de los esquiladores se fracturó un hueso y dejó la comparsa,. Entonces en los ratitos que tenía libre empecé a   practicar y  cuando el patrón vio que andaba más o menos bien se encargaba él mismo de ayudar al otro prensero enfardador y me empezó a meter con una de las manijas de la máquina. Ese año además de cobrar por la prensa también me hice unas cuantas latas de esquilador: Y al año siguiente ya fui directamente como esquilador, por  supuesto con la última de las ocho manijas de la máquina, porque el que está en la punta es el más ligero y el de atrás es el  más lerdo, el que larga menos animales. Allí me tocó estar a mí, durante tres años entre 1940 y el 43, hasta que me llamó el servicio militar”.

El escribiente de plana mayor

Llegó 1943 y al ciudadano Guillermo Yriarte lo convocó la Patria para el servicio militar obligatorio. Le tocó el Ejército Argentino, y como destino el Regimiento 24 de Infantería Reforzado Motorizado, en Río Gallegos, territorio nacional de Santa  Cruz.
“Cuando ingresamos  y preguntaron cuáles eran los soldados que sabían leer y escribir enseguida me anoté, así que me pusieron como ayudante de un furriel. En esa época que todo el planillaje se hacía a mano, así que había mucho trabajo.
Después, un día, otro soldado me avisa ‘vasco, te anoté con todos los que hicieron el secundario’. Yo apenas tenía sexto  grado, pero no dije nada para no dejar mal parado al otro muchacho. Vino el jefe del batallón  y nos tomó un dictado, como con 20 frases, y yo  no tuve ningún error de ortografía y además mi letra se destacaba por lo prolija. En consecuencia me designaron como escribiente de la plana mayor del batallón y fue la primera vez que pude teclear una máquina de escribir, porque ante nunca había visto una. En esa actividad pude aprender todo lo que tiene que ver con el diligenciamiento de expedientes. Era un regimiento muy importante con unas 1.500 personas, que además recién se había creado ese año y estaba en plena etapa de organización”.
En ese año se produjo la revolución militar del  mes de junio, y el jefe del regimiento, el  teniente coronel Francisco Coletti, fue designado como gobernador del territorio nacional de Santa Cruz. Había  una tarea pendiente en esa inmensa jurisdicción, que consistía en el: el relevamiento de las planchetas de altitud, instaladas por el Instituto Geográfico Militar a lo largo y ancho de la vasta meseta patagónica.
El escribiente Yriarte fue comisionado con otros soldados, bajo las órdenes de un capitán, para efectuar esa recorrida, con telémetro y goniómetro, comprobando los datos para volcarlos en una planilla. La inmensidad del paisaje austral sería descubierta por los ojos del joven veinteañero, como si una  llamaba misteriosa surgiera de los rincones más alejados.
“Durante cuatro meses pude recorrer casi todo ese territorio enorme, con paisajes de dimensiones gigantescas. Puedo decir que al entonces territorio de Santa Cruz lo recorrí loma por loma, laguna por laguna. Pasé algunas cosas lindas, comíamos sólo carne y carne, porque en el Ejército este insumo a veces era más barato que otras cosas. Pero a veces en  medio del campo también recogíamos huevos de ñandú y en ese  caso tuve una sorpresa, que me dejó una enseñanza.
Encontré un  nidal con siete huevos casi verdes del todo  y yo iba con otro amigo y dije ‘qué lástima, tan lindo nidal y se pusieron todos feos. Ya lo  iba patear pero el otro me avisó ‘no, estos huevos acá son verdes’. Claro, yo estaba acostumbrado que  en Río Negro los huevos son blancos marfilinos. También comíamos los huevos de avutarda.
La comisión del Ejército paraba en las estancias, a   veces armábamos las carpas y en otras ocasiones nos dejaban dormir en un galpón. Compartíamos las comidas con el personal de las estancias, estábamos en el año 1943, es decir que apenas  habían pasado 20 años de las famosas huelgas de los trabajadores rurales y la posterior matanza. Muchas  veces los peones nos contaban historias, de Facón Grande y otros personajes, me indicaban dónde estaban enterrados algunos de los protagonistas de aquellos episodios, los corrales y los palenques en donde estuvieron  presos y atados los cabecillas. Fue impresionante, pero  lamentablemente yo  no soñaba que un día podría relatarlo y que sería un tema interesante. En la memoria me quedaron muchas cosas, pero me perdí la posibilidad de anotar testimonios de primera mano”.
“Me contaron la historia de Facón Grande de pe a pa, que era un hombre criollo que defendía a la gente de acá, una especie de Martín Fierro. Se habla mucho del gallego Soto, que era anarquista, se olvidan que el anarquismo sembró la semilla de la conciencia obrera”.

Tiempos de uniforme policial
Le dieron de baja en el Ejército y poco más tarde, ya para la zafra lanera 1944-45, volvió a la comparsa de esquila de don Manuel Barrionuevo. Pero un acontecimiento inesperado, relativo a su salud, le cambiaría la vida, para siempre.
Estaban en la estancia “Dos Pozos” en el paraje Cabo Raso de Chubut, en septiembre de 1944, cuando empezó a sentir dolores muy fuertes en el vientre. Lo llevaron al hospital en Trelew y un médico, el doctor Marcial Gallina, le diagnosticó apendicitis y advirtió que allí  no contaba con todos los recursos apropiados para extirparle la víscera comprometida. El profesional, dueño de esa sapiencia propia de los médicos de pueblo,  le avisó “usted tiene el apéndice pegado a la espina dorsal, lo cual seguramente puede complicarle una futura intervención quirúrgica.”
Algunas semanas después llegó al hospital de Choele Choel, con el cuadro de infección agravado. Lo operaron de urgencia, utilizando sólo anestesia local, lo que le permitió mantenerse lúcido y recomendarle al cirujano “busque el apéndice para el lado de la columna vertebral”, siguiendo la advertencia del médico de Chubut. En el quirófano estuvo  cerca de la muerte y lo sacaron con un  cuadro de  hipotermia tan profundo que no alcanzaron todas las bolsas de agua caliente del hospital para lograr recuperar el calor de su cuerpo.
Más de seis décadas después se ríe cuando recuerda: “tuvieron que usar también ladrillos calentados entre las brasas  del fuego, estaba como una barra de hielo”.
“Quede flaco y débil, no estaba en condiciones de volver a la esquila, tenía que usar una faja de siete metros  envuelta en el vientre. Ya para entonces me había casado y mi  mujer esperaba el primer hijo. Necesitaba un trabajo y la oportunidad se presentó... en la policía del Territorio Nacional de  Río Negro” agrega..
Hay convicción en sus palabras cuando asegura: “fue un golpe del destino, que provocaría un gran cambio en mi vida, aunque mis condiciones económicas iban a desmejorar sensiblemente”.
“Si hubiese podido seguir en la esquila en aquellos tiempos tenía el porvenir asegurado. Para  dar una idea: cuando todavía era soltero y  volví del primer año de esquilador después de haber comprado para una de mis hermanas la primera muñeca que hablaba –que la conseguí en Comodoro Rivadavia,  que era un puerto libre en donde entraba de  todo, donde nosotros comprábamos la ropa y todo eso- me pude comprar  un cuchillo de plata con dos estrellas de oro y me hice esta hebilla de cinturón que uso desde entonces. Después de todos esos gustos me quedaron en el tirador 900 pesos. En el hotel Vasconia de Río Colorado me cobraban de pensión 45 pesos por mes, lo que quiere decir que con el dinero que tenía ahorrado me podía pagar alojamiento y comida por 20 meses, sin necesidad de trabajar. Así de importante era la ganancia con la esquila. Fui a trabajar de policía  por mucho  menos, pero mi señora iba a  tener nuestro primer hijo y yo no tenía capacidad para hacer fuerza” relata.
La crónica de su incorporación a la policía del territorio de Río Negro contiene detalles graciosos. “Viajé a Viedma para presentarme en la jefatura, allí me dieron una gorra, una chaquetilla, un par de botas, y me largaron. Usted ya es policía, me dijeron, sin ninguna capacitación ni nada. Tiene que presentarse en el destacamento de Clemente Onelli.
Yo no conocía la zona, no tenía ni idea de dónde quedaba y cuando escuché el nombre de ese pueblo me confundí, pensé que se trataba de Stefenelli, en el Alto Valle, pegado a General Roca. Todavía me puse contento porque creía que iba a estar cerca de la familia de mi señora, que era de Choele Choel.
Puse en venta lo poco que teníamos y menos mal que mi suegra no me permitió vender el colchón. Arrancamos para Clemente Onelli y allá me presenté el 24 de febrero de 1945, una fecha que nunca podré olvidar”.
Todos las circunstancias convergían para que en ese punto la vida de Guillermo Yriarte diera un vuelco importante. Comenzaba su etapa matrimonial, acababa de superar un difícil trance de salud, inauguraba un trabajo con responsabilidades propias de un servidor y funcionario público, tenía apenas 22 años, siete meses y 17 días... ¡todo estaba por delante, los hechos más trascendentes de su existencia todavía estaban por ocurrir!.
Sigamos con su relato. “El 24 de febrero de 1945 me presenté ante el sargento Gregorio Víctor Pacheco, que estaba a cargo del destacamento. Le expliqué lo de mi operación de apéndice y que estaba todavía sin fuerzas. Pero el sargento pensó: este debe ser un milico mañero y vago. Entonces, como para hacerme debutar, me mandó de rondín, es decir de patrulla en el campo,  con otro agente, de apellido Carrizo.
“La zona para patrullar tenía 20 leguas de largo por otras siete leguas de ancho, desde Onelli por un lado hasta Mencué y por el otro hasta Jacobacci. El sargento me ordenó que ensillara el caballo tobiano y mi compañero me avisó: mire que ese caballo bellaquea todas las mañanas. Entonces al día siguiente yo me levanté bien temprano, me vestí con bombachas y alpargatas y me le afirmé al arisco, a los gritos. El sargento Pacheco se levantó, enojado, ¿qué está haciendo, hombre?, y yo le contesté: estoy amansando este animal.”
A partir de ese momento el sargento Pacheco comenzó a respetar al agente Yriarte.
Guillermo era consciente de la escasa preparación que tenía para las labores policiales, pero sus ansias de progreso y la responsabilidad asumidas pudieron más que las dificultades. A poco de estar en Clemente Onelli, se anotó en una herramienta que le sería de enorme utilidad: un curso por correspondencia de sumariante de la academia Alerta de la Capital Federal;  y compró también el famoso Manual del Sumariante, escrito por un tal Alvarez. De esa forma estaba en condiciones de conocer todos del procedimiento policíaco.
“Cuando ingresé a la Policía pensé en hacerla mi forma de vida para siempre y en consecuencia me puse a estudiar, compré códigos y manuales, aunque nadie me los pedía”, apunta.
Un poco después concretó la compra de un objeto que se convertiría en su verdadero tesoro: una máquina de escribir portátil, marca“Hermes Baby”, que le costó 400 pesos. Para esta importante adquisición le salió de garante Dominick, que era por entonces el principal comerciante del pueblo.
“En esa maquinita yo redacté decenas de cartas de pobladores de la zona con pedidos de justicia en la distribución de tierras fiscales y otro montón de reclamos por denuncias, trámites de todo tipo y hasta cartas de condolencias por fallecimientos; era la única máquina de escribir en todo Clemente Onelli”, memora.
“Todo empezó cuando don Paulino Prafil, que en ese tiempo era el cacique de la comunidad de Anecón Grande, me pidió que hiciera unas notas y yo acepté, porque de paso practicaba. Como no, venga cuando quiera, le dije. Así que en la Hermes Babyí escribí todo tipo de reclamos al gobernador, al juez letrado, al mismísimo presidente de la Nación, general Juan Domingo Perón. Creo que le escribí más cartas a Perón que si hubiese sido mi novia. Le pedían justicia por la tierra que le quitaban, denunciaban que los turcos les corrían los alambrados, qué se yo cuántas cosas más. Así empezó esa relación tan cercana con esa gente, por la máquina de escribir”.
Hubo otra circunstancia especial de su vida que obligaría a Guillermo Yriarte desprenderse de la inolvidable  máquina Hermes Baby.
“Mi segundo hijo nació en Jacobacci, bajo una intensa nevada. Yo despejé el camino a pala para que pudiera llegar el médico, este hombre vino, revisó a mi señora y dijo: falta mucho rato, y se fue porque lo llamaban de otro lado. Cuando volvió ya el niño había nacido, yo había atendido a mi mujer y le había atado el cordón umbilical... ¿por qué no se lo cortaste, si está todo bien hecho?. Claro, yo sabía de todo eso porque mi madre era la comadrona allá en Paso Peñalva. Bueno, después de todo eso, ¿cómo le pagaba al doctor?. Para eso vendí la máquina de escribir, el médico se enteró y se enojó conmigo. Pero ya estaba vendida, a un señor Toro, que después fue juez de Paz de Jacobacci.”
La vida de Yriarte y su familia en Clemente Onelli estuvo signada por dificultades materiales . “Como no teníamos nada me hice una mesa con patas de varilla de alambrado y la tapa con una tabla comprada a Dominick..
“Clemente Onelli  fue para mí una escuela, en donde aprendí un montón de cosas a partir de ese primer rondín. Comprendí que había que actuar solo, sin ser débil ni prepotente, sabiendo encontrar el justo punto. La gente me ofreció lo que tenía, y yo pensé que debía retribuir el cariño. Me llené de piojos, pero quedé muy agradecido y traté de retribuir lo mucho recibido durante mi época de legislador.”
El intenso frío fue y sigue siendo una característica de los largos inviernos de Onelli. Don Guillermo recuerda una ocasión en que el termómetro de la estación, única columna mercurial de todo el pueblo para la medición de la temperatura ambiente, marcó 32 grados bajo cero.
“Fue en el año 1948 , cuando hubo una gran nevada  y corrió mucho viento. Hubo 32 grados bajo cero y las vías estaban totalmente tapadas. La nieve estaba tan endurecida que el tren se salió de las vías, en consecuencia hubo una serie de accidentes. Entre ellos el caso de operarios que tomaban las barretas para intentar abrir el camino al lado del riel y la barretas se rompían como si fueran de vidrio, porque en esa temperatura extrema el hierro se torna frágil. Además ocurrió que a uno de los obreros la barreta se le pegó en la  mano por el congelamiento,  tiró para despegársela y se le salió toda la piel de la palma de la mano. A otro un pedazo de barreta le pegó en el pie, otro resbaló y cayó.  En consecuencia, ese día hubo que hacer siete sumarios. había que tomar todos los datos y hacer los croquis.”
La vida del policía en la campaña siempre tiene episodios bravos. Guillermo recuerda uno de ellos con la tranquilidad que lo caracteriza, sin exagerar ningún momento del relato.
“El hijo del capataz de la estancia Huanuluán robó una tropilla en Talcahuala y se la trajo para lo de Rosales, en Onelli. Avisaron de aquel paraje que la tropilla podía estar en esa zona y yo fui a ver. El ladrón estaba guarecido en el galpón de Rosales y sabíamos que estaba armado y era muy peligroso. Yo me mandé y lo agarré justo cuando estaba tendiendo las pilchas en el suelo para armarse la cama, lo atropellé y le quité el arma y lo pude detener sin un tiro. Fue cuestión de oportunidad”.
Después de dos años y medio en Onelli pidió el traslado a Ingeniero Jacobacci, buscando un destino que le permitiese superarse. Allí, en Jacobacci, estaba de comisario don Miguel Pérez León (el mismo que años más tarde sería el jefe de Policía en tiempos del gobernador Edgardo Castello). “Me enseñó a perfeccionar los sumarios me daba un ejemplo imaginario de un suceso y después me lo corregía”.
De esa época en Jacobacci recuerda muy especialmente el encuentro con una figura patriarcal de esa comunidad sureña y la enseñanza que le dejó.
“Don René Casamiquela (padre del conocido investigador Rodolfo Casamiquela, comerciante acaudalado, más tarde ministro de Asuntos Sociales de la incipiente provincia) me invitó a una peña en su casa, en donde cada uno de los invitados tenía que hacer algo. Doña Ida, su esposa, tocaba la cítara, otros cantaban y algunos recitaban Esa noche me dijo don René: usted tiene que escribir, tiene que anotar todas las cosas interesantes que observa en el campo y en la gente, no confíe sólo en su memoria. Así fue que en 1948 empecé a anotar cosas en los cuadernos; toda la vida le estaré agradecido a don René por ese consejo.”
 Entre 1947 y 1949 estuvo en Jacobacci, en ese año pasó a Cipolletti ya como sumariante y en los cuatro años siguientes pudo ascender hasta oficial. “En ocho años en la policía, entre 1945 y 1953 tuve ocho ascensos, desde agente raso hasta oficial”, dice con orgullo.
Pero un día de 1952 se produjo el episodio que habría de desencadenar otro cambio en su vida. “El comisario me llamó para darme la orden de ponerme corbata negra (por la reciente muerte de Eva Duarte de Perón) y yo le contesté: no llevé luto ni cuando se me murió mi madre, porque el luto no se hace con un trapo”. Eran tiempos de desencuentros e intolerancia en la Argentina, don Guillermo presentó la renuncia a esa institución que había abrazado con tanta convicción siete años antes.
Los cuatro años siguientes, radicado definitivamente en Cipolletti, se dedicó a la actividad de martillero público, para la cual obtuvo su correspondiente matrícula; y también realizaba diligenciamientos judiciales.
“Cuando renuncié a la policía un amigo me prestó unos muebles y luego se los compré, y me instalé en un negocio de venta de terrenos, pero no podía hacer formalmente las operaciones porque no estaba matriculado. Así que me puse a estudiar y así rendí examen para martillero”, cuenta, en apretada síntesis de aquellos años, entre 1952 y 1955.

Juez de Paz, como un curandero de las relaciones humanas
 Después del derrocamiento del gobierno peronista, en 1955, había que designar un nuevo juez de Paz en Cipolletti. La misma gente de esa ciudad lo propuso ante las autoridades que intervenían la provincia, aún sin gobierno electo. “Fue como una especie de revancha por el mal trato que había sufrido antes, pero yo nunca he tenido rencores personales en mi vida”, acota, sin entrar en más detalles sobre el tema.
En el desempeño de esa función pudo aplicar muchos de los conocimientos adquiridos durante la época de servicio en la policía. “El juez de Paz tenía por entonces una amplia gama de responsabilidades, como por ejemplo la intervención en demandas de apremio para el cobro de deudas de hasta 500 pesos, juicios de desalojo y otra cantidad de cuestiones inherentes al registro civil y prendario , en las que era necesario actuar como componedor de partes, escuchando a unos y a otros”.
La designación le llegó en 1955, y estuvo 18 años en el cargo, hasta que voluntariamente decidió acogerse al retiro, en 1973. “Claro que me quedaron en la memoria muchas anécdotas de esa época de Juez de Paz en  Cipolletti, pero generalmente no las relato porque se refieren a personas que pueden sentirse aludidas, ellas o sus descendientes. No quiero que por error consideren que estoy violando la confianza que alguna vez depositaron en mi persona. Suele decirse jocosamente que el Juez de Paz de esos años actuaba muchas veces como curandero de las relaciones humanas. Cuando un matrimonio no podía avenirse recurría al Juez de Paz como último remedio, porque ninguno quería desistir de la acción y buscaban finalmente una forma de acuerdo. De modo que muchas veces estuve en ese tipo de situaciones, porque en aquellos tiempos el Juez de Paz atendía todos estos problemas. Veo ahora, con el paso de los años, que era más eficaz mi participación amistosa que la intervención judicial tradicional. Actuaba como una especie de componedor, porque la función esencial es ser el Juez de la Paz entre la gente.
Además podíamos proceder con juicios de desalojo y en especial los del estatuto del peón. Hacíamos la radicación de extranjeros, atendíamos registro civil y capacidad de las personas, diligenciábamos los oficios de tribunales y muchas veces se planteaban situaciones particulares con abogados muy hábiles. Cuando ellos comprendían que no tenían razón trataban de encontrar algún resquicio para anular la acción .¿Y cómo procuraban ese cometido?. Pues, sencillamente encontrando algún aspecto de la labor del Juez de Paz que posibilitara adjudicarle algún error procesal, para pedir la anulación de todo lo actuado”.
Don Guillermo cuenta con una sonrisa el caso de una letrada de Cipolletti, contrariada ante  la abundante y bien documentada argumentación de sus fallos. “La fue a ver a la casa a una de las empleadas del Juzgado de Paz, con quien se conocían desde la infancia, y le pidió que le contara quien era el abogado que me hacía los escritos. No, le contestó mi secretaria, me los dicta él personalmente. Pero la abogada insistía: no puede ser porque no tiene título”. Todavía hoy la historia lo divierte, goza del momento como si fuera un chico.
“En el Juzgado de Paz de Cipolletti llegué a tener siete empleados a cargo, pero nunca en 18 años no tuve necesidad de aplicar ni una sola sanción. Quizás alguna vez alguna vez alguien se excedió en sus límites, pero bastó una charla para hacerle comprender su equivocación, era gente muy eficiente”.
Yriarte repitió, en el cargo de Juez de Paz, la misma actitud que tuvo allá en Clemente Onelli, cuando recién lo habían nombrado como agente de la Policía. “Siempre procuré capacitarme para cumplir mis funciones, me compré varios códigos, una colección completa de legislación del trabajo de 47 tomos; y por cierto que también me sirvió en la labor la experiencia que había acumulado en los años policiales”.

Jubilado y sin plata en el bolsillo

En 1972, ya con 50 años de edad y más de treinta de servicios cumplidos en diversas tareas, decidió jubilarse. La liquidación del primer haber jubilatorio tardó más de la cuenta y  en 1973, ante la necesidad de unos pesos, volvió al oficio de alambrador, en Neuquen. “Alambré todo los terrenos al costado de la ruta, desde el puente carretero hasta el centro de la ciudad” recuerda con una carcajada contenida.
Pero hay otro recuerdo asociado con esa misma capacidad para salir adelante en los momentos más críticos. “Fue por ese mismo tiempo, mientras no tenía sueldo ni me llegaba la jubilación. Me invitaron a la presidencia del jurado de admisión de la Feria Artesanal de Paraná. Tenía que pagarme el pasaje y allá me reintegraban el gasto, pero no tenía plata. Entonces busqué mis viejas trampas para zorros y me fui para Planicie Banderita, cacé unos 48 animales, vendí las pieles a ocho pesos cada una y junté para viajar a Entre Ríos”.

Estudioso del folklore, con k, y defensor de la alpargata

Hacia principios de los años sesenta don Guillermo profundiza su compromiso con la investigación y difusión de temas del folklore. Era una asignatura pendiente, sentía que los conocimientos adquiridos sobre el saber del pueblo desde sus andanzas como peón de campo y esquilador tenía que volcarlos hacia los demás. Nace entonces el Guillermo Yriarte folklorólogo. “Conocedor y estudioso del folklore, con k, porque la palabra de indudable origen inglés ya la adoptamos hace muchos años con esa letra y me parece innecesario transformarla ahora con el uso de la letra ce” sostiene, en defensa de la grafía tradicional de esa palabra.
 Por aquellos tiempos se produce la fundación del Club Hípico y Tradicionalista “Martín Fierro” de Cipolletti, presidido por don Satel Franco,  con José Sola y José Poma entre otro grupo de vecinos. Se incorpora en el trabajo de difusión del folclore, colaborando con el profesor Héctor Lombera que enseñaba danzas argentinas. Aquella escuela de folclore llegó a tener 180 alumnos. En representación del club Martín Fierro viajó como delegado a la séptima edición del Congreso Tradicionalista en Santo Angelo, Brasil.
“Hubo que hacer una presentación en una radio y, claro, no me costó nada, leer y recitar, porque yo tenía alguna experiencia en el uso del micrófono por unos programas que hacíamos en LU 5 de Neuquen” recuerda de aquel viaje.
Su primer documento académico lo escribió en 1964,  para presentarlo en un congreso folklórico del área cuyana. Era un trabajo sobre el origen de la habanera, demostrando que esta danza ya se había bailado en tiempos de la llamada campaña del desierto.
En ese mismo año, en Buenos Aires, participó con la delegación de Río Negro en el Primer Festival Nacional de la Tradición y un jurado le advirtió sobre su “equivocación” respecto del uso de la alpargata en territorio argentino allá por 1878.
 Este episodio lo narra con lujo de detalles, le quedó fuertemente marcado en la memoria como otra de sus victorias personales.
“Fui al festival como responsable de la delegación de Río Negro y llevábamos un cuadro de danzas de la época de la llamada campaña del desierto. Después de la presentación uno de los jurados, Mario Castor López, que era director de la escuela de folklore de Lomas de Zamora, me dijo: Yriarte, usted se equivocó un poco. Una de sus bailarinas usaba alpargatas, que no se usaba todavía en esa época. Yo le contesté: usted califique ahora, porque no es el momento de una discusión sobre el tema, pero le voy a demostrar  que la alpargata es más antigua que la bota de potro.
La actuación se consagró con el tercer premio en el orden nacional, lo cual era muy importante para una provincia que nunca había participado en esa clase de certámenes; además los organizadores hicieron una felicitación expresa por el comportamiento de la delegación. Eso hizo que el gobierno de la provincia nos invitara a presentarnos en Viedma, antes de regresar a Cipolletti.
Como el tren paraba una hora en Bahía Blanca una hermana mía se acercó a la estación con un libro de obsequio para mi. Se trataba de la ‘Pequeña historia patagónica’ de Armando Braun Menéndez, en cuya página 38 me encontré con la sorprendente referencia de que en febrero de1582 Pedro Sarmiento de Gamboa en su libro de bitácora anotó que los riscos de la costa patagónica le rompían a sus hombres las alpargatas valencianas que usaban. Así fue que de casualidad ya tenía argumentos para rebatirle a aquel jurado, además que desde tiempo antes tenía en  mi poder un ejemplar de la revista ‘Mundo Argentino’ donde estaba publicado un artículo sobre la alpargata y otros antecedentes en la Argentina a mediados del siglo 19. Toda esa documentación la volqué de inmediato en un artículo.
Ese trabajo sobre la alpargata fue presentado por primera vez en 1964 en el congreso del área cuyana, en San Juan. De inmediato el diario ‘El Zonda’ lo publicó y además un señor abogado que tenía una revista ‘Indice y Cuadernos Tradicionales’ que hablaba solamente de folklore, Malvinas y San Martín lo publicó. Con ese artículo yo hacía mis primeras armas y en consecuencia lo presenté con toda aprehensión, ante un grupo importante de investigadores. Esa revista tenía una importante distribución en el ambiente de los folklorólogos, así que a partir de ese momento cuando me presentaba en alguna parte enseguida me identificaban, ah, usted es el de la alpargata”..
De esa forma don Guillermo comenzó a relacionarse con los más importantes estudiosos del folclore y la tradición de la Argentina, se fue ganando la confianza y el respeto de personalidades como Félix Coluccio,  Alcides Hugo Ifran,  Agustín Chazarreta,  Bruno Jacovella, Cáceres Freire, Jaime Freire, Celindo Mercado y otros.
En 1964 un joven empleado de la dirección provincial de Cultura de la provincia, Omar Fossati, lo llamó para pedirle ayuda en la organización de un festival provincial de folclore de Río Negro. “Había que empezar desde cero, desde la elaboración de un reglamento de funcionamiento, elegir una sede... en fin todo. Propuse dividir la provincia en  cinco zonas y en General Roca se hizo la selección final antes del festival con sede en Cipolletti. Después la gente de Choele Choel pidió ser sede de la final provincial y se aceptó, teniendo en cuenta que es una localidad equidistante con toda la geografía rionegrina.
En aquellas primeras ediciones del festival provincial de folklore de Choele Choel se cuidaba lo artístico, lo tradicional y popular, y salían delegaciones que podían representar a Río Negro con cuadros que hacían exacta referencia a hechos históricos y de la vida cotidiana dentro del territorio provincial”.
De esa época recuerda los nombres de músicos, cantores y bailarines, muchos de ellos muy jóvenes aún, a quienes impartía consejos y recomendaciones “eran muy pichones, pero tenían muchas ganas de aprender y de  hacer las cosas bien”.
Algunos nombres brotan rápido de la memoria, Roberto Chagallo, Juan José Tassara, Ataliva Gallo, María del Carmen Chaer, Susana Castello, Napoleón Argentino Lascano (que fue el primer campeón de malambo sureño de un Festival de Choele Choel), Omar Baffoni, Naldo Pérez, Los Meli Auca, Los de Fisque Menuco. “Fueron tantos y tan buenos, gente maravillosa con la cual compartí momentos muy gratos” ratifica..
“Siempre recuerdo el primer viaje encabezando una delegación, en 1964 al congreso tradicionalista de Buenos Aires; mientras que en 1965 fui por primera vez a Cosquín, Luego ya no quise ir como presídente de delegaciones porque los participantes no siempre se comportan de manera correcta” añade, con un ligero movimiento de cabeza, desaprobando “esas travesuras que hacen a veces los muchachos, porque no siempre se toman en serio la cuestión del canto o de la danza”.
Sus viajes anuales a Cosquín, para participar en las reuniones del ateneo de estudios folklóricos, o como integrante de los jurados del festival más importante del país se prolongaron hasta 1984.
El mes de enero de 1975 contuvo la suma de una sucesión de hechos inolvidables, en relación con Cosquín y sus empeños en el campo de la investigación folklórica. Fogueado en la disciplina de lo nativista desde lo empírico, sobre la base de la curiosidad y el tesón, se supo ganar la admiración y el respeto de personalidades destacadas en el rubro. Por eso fue que en Santiago del Estero, en 1975, el Instituto Nacional de Folklore Andrés Chazarreta lo declaró “profesor honoris causa” en la ciencia del folklore.
Casi al mismo tiempo año fue designado presidente del jurado de admisión del festival de Cosquín. “Esa noche estaba solo en Cosquín, sin ningún amigo ni pariente, llegué al hotel y me tiré en la cama a llorar, sentía que se daban juntas muchas cosas, era la satisfacción de haber logrado algunas metas que me confirmaban en el rumbo tomado” recuerda ahora.
Hubo todavía algo más en ese caliente verano del ’75. Su amigo y discípulo Naldo Pérez, rionegrino y de Lamarque fue ganador de Cosquín, en la categoría solista de malambo. La consagración del alumno ratificaba los esfuerzos de orientación realizados durante varios años, incluyendo los viajes en moto desde Cipolletti a Lamarque para darle al joven Naldo clases sobre la teoría del malambo, inculcándole los conocimientos que le permitian pararse sobre el escenario de una forma determinada. “El malambo no es sólo la destreza del bailarín es, sobre todo, la forma en que se asume una actitud”.
Más tarde hubo un quiebre en esa relación tan intensa con el famoso festival de Cosquín. “Dejé de ir porque se había desvirtuado lo folklórico y estaba dominado por lo eminentemente comercial y eso ya no me interesaba.”
En la edición de enero del 2007 don Guillermo Yriarte recibió un reconocimiento por su trayectoria y presencia en las primeras ediciones.  “Fue un intento de revitalizar el Ateneo Folklórico de Cosquín con la pretensión de que nosotros, los investigadores, respaldemos a la comisión organizadora del festival diciendo que lo que están haciendo es folklore, pero...  no resultó, porque no hubo ese apoyo”.

Cuestión de camarucos, la amistad con Faqui Prafil

Entre los tantos temas de las tradiciones folklóricas que despertaron el interés del joven agente policial Yriarte, en aquellos duros pero enriquecedores años en Onelli, la cuestión de la rogativa mapuche, popularmente llamada “camaruco”, ocupa un lugar predominante en los apuntes del viajero e investigador. Los párrafos que siguen contienen sinceras reflexiones y una detallada descripción de la última vez que presenció la ceremonia mayor de la cosmovisión indígena.
“Cuando volví por Onelli y Anecón Grande, ya como investigador de los temas de la tradición y el folklore, los indios se sintieron obligados a darme atenciones especiales Cuando había llegado la primera vez como policía me dieron todo lo que tenían, pero pensaban que no era suficiente. Entonces me invitaron a participar del camaruco y me sentaron junto al lugar del cacique, un sitio de privilegio. He tenido mucha suerte, en ellos encontré una mejor correspondencia, así después durante casi 30 años seguí yendo todos los años al camaruco.
La última vez que estuve había tres matrimonios jóvenes de Buenos Aires, que cayeron a cenar a la casa de David Namor,  el único lugar en donde daban de comer en Onelli. Su señora, la Tata Chaina,  toda preocupada me preguntó: ¿que les doy de comer’?. Yo le contesté: ‘dales carne de potro’. ‘Pero que va a decir esta gente’ ‘No te preocupes, yo te corto los bifes’. Fui a la despensa, en donde estaba colgado un cuarto de potro, corté unos cuantos bifes y la señora de Namor los preparó con cebolla. Todos comieron contentos y después pasaron a la cocina, donde estábamos los de la casa, comiendo potro asado al horno. ¿Qué están comiendo?, preguntaron con esa curiosidad de pueblerinos. Carne de potro, les dijimos. Ah, que interesante, ¿nos dejan probar?. No les gustó, pero no se imaginaban que era del mismo animal que les había provisto los riquísimos bifes a la plancha.
Al día siguiente los jóvenes visitantes fueron a pedirle permiso a Faqui Prafil, el lonco de Anecón Grande, para presenciar el camaruco y sacar fotos. Bueno, pueden, pero no se paren adelante del rewe. ¿Nos puede explicar cómo es la ceremonia?, pidieron también. ‘No’ les dijo Faqui, que era muy cortante, yo no voy a explicarles nada, porque para eso aquí está el señor Yriarte que sabe tanto como nosotros y lo explica mejor. Ese cargo de presentador me duró muy poco, porque Faqui iba a dirigir por primera vez en calidad de cacique y tenía miedo, porque hacía mucho tiempo que no llovía y temía que no se cumpliera el pedido. En el primer día nomás puso la bandera negra y estos señores (los visitantes) estaban detrás de mí y yo pensé en voz alta, qué lío, vamos a tener que soportar la lluvia. Entonces uno de los forasteros me preguntó: ¿usted cree en estas cosas?. Claro, le dije, si no creyera no estaría aquí. Bueno, poquito a poco  las nubes se fueron juntando, en la tarde empezó a llover y uno de ellos tuvo la valentía de venir a decirme: señor, le pedimos perdón, nosotros no creíamos. Finalmente hicimos una relación  que duró muchos años.
Al principio me costó comprender los ritos. Hice anotaciones desde el primer momento, pero después me di cuenta que las interpretaciones que había hecho en mis primeras observaciones de un camaruco, no tenían nada que ver con la realidad. Faqui ejercía sobre mí un cierto autoritarismo, con un gran cariño por supuesto, en una oportunidad le pregunté: ‘¿no tienen una imagen de Dios?’. Y me contestó: ‘no, nuestro dios no tiene cara, si hizo al hombre tenía que ser hombre, si hizo a la vaca tenía que ser vaca, si hizo a las moscas, tenía que ser mosca, hizo a las plantas, y a los pescados...’ Tomé ese razonamiento con cargo de inventario, a pesar de que era un razonamiento elemental. Si Dios es el supremo creador y creó todo lo existente, tendría que ser la síntesis de todas las formas. Y esto en una oportunidad se lo contaba al doctor  Gómez Tabanera, en la Universidad Complutense de Madrid, y al lado mío estaba una investigadora judía, Tamara Salomón, que me dijo ‘lo que está contando es exactamente los usos y costumbres de mi tierra con distinto nombre’.
Cuando estuve en Egipto le pregunté a un paleontólogo de aquel país: ¿por qué ustedes  tienen tantos dioses?. Me dijo: son dioses menores, igual que los de ustedes Nuestro Dios no tiene forma, es la síntesis de todas las formas, hombre, ave, pez, insecto. Así  descubrí que estaba muy acertado mi amigo Faqui. Otra cosa que me dijo él: los huincas nomás creen que Dios los hizo a ustedes iguales a él. Dios hizo todo igual a él, por eso para hacer un sapo también tuvo que ser sapo. ¡Y esto lo escuché en Anecón Grande, cerca de Clemente Onelli!”..
A pesar de tanta familiaridad con familias de origen indígena don Guilermo nunca intentó hablar la lengua mapuche. “No he querido hacerlo por respeto, para no arruinar su maravillosa musicalidad con mis errores de dicción, esa es la razón”.

Los viajes por el mundo

Como resultado por su perseverancia se le fueron abriendo puertas, cada vez fue más conocido en el ambiente de los investigadores del folklore y los encuentros anuales en Allen, bajo su directa organización, le permitieron estrechar muchas relaciones. Llegaron así sus designaciones en Confederación Gaucha Argentina, Asociación Americana de Folklore y Artesanías,  y como miembro del CIOFF (Comité Internacional Organizador de Festivales Folklóricos y Artes Tradicionales, con auspicio de UNESCO).
Desde los años setenta en adelante la libreta del pasaporte de Guillermo Yriarte comienza a llenarse de sellos de distintos aeropuertos del mundo. “Y en cada sitio siempre encontré un punto de coincidencia con algún aspecto de nuestra cultura, tradición y folklore, porque el mundo y el hombre constituimos una unidad excepcional, en donde sólo cambian los paisajes y los climas”.

Un original estudio sobre los dichos del truco

 “Estaba en una de las asamblea anuales del CIOFF y  llegó un grupo de estudiantes portugueses. Mi libro Tradiciones de Río Negro estaba sobre una mesa y uno de ellos descubrió los dichos del truco. Inmediatamente sacaron una fotocopia para cada uno de los integrantes del grupo, con todos los versos, porque ellos también lo juegan y tienen sus propios dichos en su lengua. Así que les interesó enormemente”.
El capítulo sobre los dichos del truco, en su libro “Tradiciones del Río Negro” es sorprendente. “Ese trabajo llevó no menos de diez años de elaboración y luego de publicado me acordé de otros versos que no había incluido. Yo juego al truco y pude memorizar casi todos los dichos que están en el libro. Lamentablemente ocurrió tal como me había dicho don René Casamiquela, aquella vez en Jacobacci, gracias a confiar en mi buena memoria he perdido un montón de cosas interesantísimas y entre ellas los dichos y las relaciones.
Los dichos del truco que cantan nuestros criollos son maravilloso ejemplo de inventiva popular, del poder de síntesis con una métrica estricta. Algo parecido a las coplas populares españolas, con un trasfondo que sitúa el lugar y los personajes.


El señor diputado Yriarte

El 10 de diciembre de 1983 cuando en Río Negro, al igual que en todo el país, asumían las flamantes autoridades de la recuperada vida institucional democrática don Guillermo Yriarte asumió la alta responsabilidad de ser legislador provincial.
“Yo soy radical de toda la vida, a los 14 años ya era secretario de propaganda del comité de Río Colorado. Nunca había querido ocupar ningún cargo hasta que en 1983 vinieron unos amigos y vecinos de Cipolletti a buscarme para que integrara la lista de candidatos a diputados provinciales. Cuando salí a hacer campaña me detenía sobre todo en los pequeños pueblos y me acuerdo que en Anecón Grande y lo fui a ver a mi amigo el cacique Faqui Prafil. ‘Así que va pa’ diputado don Diarte, yo lo voy a votar porque usted siempre se acordó de nosotros’ me dijo; y en esa elección la UCR por primera vez ganó en Clemente Onelli”.
¿Qué se podía esperar de Guillermo Yriarte sentado en una banca de diputado?. Los que lo conocían bien ya lo imaginaban. Dedicación, puntualidad, estudio, perseverancia. Fue así que durante ese lapso, cuando le correspondió presidir alguna sesión –porque era el vicepresidente primero del cuerpo- suspendió la reunión por falta de quórum, ¡ante la demora de los parlamentarios en acudir a sus bancas!.
“Sin lugar a dudas yo tengo algunos conceptos tan estrictos en mi forma de proceder que algunos empleados de la Legislatura me hacían cargadas, cuando me preguntaban si yo marcaba tarjeta. Siempre fui puntual, porque me pagaban para hacerlo. Traté de asistir siempre a todas las reuniones de comisiones, cosa que el 90 por ciento de los legisladores van solamente el día de la sesión. En las sesiones solamente falté por razones de salud cuando me operaron. Como era vicepresidente del cuerpo me tocó en una ocasión suplantar al titular en una sesión que ya estaba citada para determinada hora. Yo me constituí en el recinto y en la presidencia, hice sonar el timbre a la hora prevista, esperé media hora y como no había quórum hice suspender la sesión. Esto pasó una sola vez, porque después cuando se convocaba a otra sesión los diputados preguntaban ‘¿quién está hoy en la presidencia? Porque si está el viejo Yriarte hay que tener cuidado.’   En definitiva: bastó una sola vez para disciplinarlos”.
Entre las múltiples labores legislativas recuerda que “era vicepresidente de la comisión de pesca y la dirección nacional de Pesca nos ofreció un barco de investigación con la sola condición de pagar algunas reparaciones, con un costo muy bajo, que nos permitiría estudiar el recurso pesquero en las aguas rionegrinas. El costo de los arreglos era de 19 mil pesos, un verdadero regalo. Hubo críticas y algunos me llamaban Capitán Cánepa, en broma. La verdad es que durante esos tiempos se pudo investigar a fondo el recurso pesquero de la provincia, determinando los volúmenes de extracción de mejillones y vieiras. Para poder hacer los estudios había que pescar y el pescado que se traía se subastaba, y dejó más de 500 mil pesos de utilidad a la provincia durante el primer año de uso”.
También tiene presente el recuerdo amargo de no haberse sentido respaldado por el conjunto de todos los legisladores en algunas iniciativas que apuntaban a la problemática cultural. De los logros alcanzados destaca, además de la creación del Fondo Editorial Rionegrino, la institucionalización del Programa de Recuperación y Estímulo Artesanal (PREA); la creación del Instituto Autárquico Provincial del Seguro (IAPS), la expropiación de la estancia María Sofía, el otorgamiento de títulos de propiedad a paisanos (como el caso de doña Lucerinda Cañumil, de Chacay Huarruca, y otros de 18 mil hectáreas de propiedad comunitaria para veraneada). También la ley que imponía la realización de un relevamiento censal patrimonial y saneamiento de la totalidad de los bienes inmuebles propiedad del Estado (nunca puesto en práctica), o la declaración de Monumento Histórico Provincial de la casa Peuser de Cipolletti, actualmente sede de la Universidad Nacional del Comahue.

Nacimiento del FER

“La idea de lo que después se convirtió en el FER surgió en La Rioja, en donde un señor me mostraba que tenía ocho libros escritos, pero no conseguía plata para editarlos y yo pensé que alguna vez me podría pasar lo mismo, tener un  libro para editar y no tener dinero. No pensé en un una ley para mi beneficio y la conseguí, a pesar de la incomprensión de algunos en la propia dirección de Cultura de esa época. Me dijeron que iban a elaborar otro proyecto, pero nunca llegó a la Legislatura. El FER me ha dado muchas satisfacciones, en Neuquen salió un fondo similar y me invitaron a la sanción de la ley.
Una vez en Ushuaia un señor anunció: se acaba de sancionar la ley del fondo editorial fueguino, que es una imitación de una ley de Río Negro. Lo interesante es que el FER permite que conozcamos la identidad de nuestro pueblo, que nos conozcamos a nosotros mismos. Mi idea original era eso, precisamente, el rescate de nuestra identidad, con la publicación de obras nuevas y la reimpresión de libros agotados”.
La ley 1869 fue votada en agosto de 1984.  Creó el Fondo Editorial Rionegrino (FER) con recursos de la recaudación de la Lotería de Río Negro. En la fundamentación, leída en cámara por el legislador Yriarte, se expresa que  “nunca mejor embajador que un libro, ni mejor guía que este pequeño cicerone que nos podrá guiar e ilustrar sobre el pasado y presente rionegrino, abriéndonos la posibilidad de conocer mejor nuestra tierra y por ello amarla más y sentirnos hijos orgullosos de la misma”.
Aquel documento fundacional del FER advierte también que “de no rescatar como corresponde los valores literarios de la provincia, que están esperando un apoyo para manifestarse en plenitud, habremos sido cómplices de su pérdida y la historia se encargará de señalarnos como los verdugos de la cultura rionegrina”.

Un investigador a tiempo pleno

Después de su paso por la Legislatura don Guillermo Yriarte se metió a fondo en la temática del CIOFF y editó dos libros, “Tradiciones del Río Negro”, en 1995  y “Hablemos de indios” en 1997. Son trabajos en donde resume artículos sobre diversos temas, con sus apreciaciones sobre costumbres, celebraciones, vestimentas y otras manifestaciones culturales.
En la primera de esas obras el prólogo corresponde a  Elías Chucair, conocido escritor patagónico; y en la segunda la introducción estuvo a cargo de Alcides Hugo Ifrán, estudioso de las artes nativistas, nacido en Santa Fe.
Acerca de “Hablemos de indios” dice don Guillermo: “yo siempre pensé que estaba en deuda con ellos, por las tantas atenciones recibidas en sus comunidades. Una cosa es darle al visitante lo que sobra, pero otra muy  distinta es compartir lo que escasea, como llegar a quitarle un pedazo de pan a un hijo para ofrecérmelo.”.
Agrega que “alguna vez en Cosquín se me hizo un reconocimiento por las gestiones que yo realicé en la Legislatura; pero realmente lamenté no tener algo de sangre mapuche e mis venas, lo que me permitiera con mayor propiedad bregar por los asuntos indígenas”.
“Claro, ellos (los indios) me han dicho que eso no era necesario. Pienso que lamentablemente  no se han podido sustraer a nuestras influencias y han tomado algunas malas costumbres nuestras, y por ejemplo hacen discriminación hacia nosotros. Escuché decir, muchas veces: aquí los blancos no entran.  Claro, es cierto, también he visto que algunos iban al camaruco para reirse, sin respetar una ceremonia muy seria y con un alto sentido religioso”.
El escritor Yriarte está a la espera de la oportunidad para editar otros trabajos. “Tengo material como para dos libros más, un trabajo  es sobre tejeduría indígena, acerca de los dibujos, su significado y como se denomina cada uno. Intento demostrar cómo se relacionan las culturas de todos los rincones del mundo a través de dibujo similares. Por ejemplo un dibujo que vi en una faja de Lituania  era similar al dibujo del sapo que se realiza en la tejeduría mapuche. Lo que habla de la universalidad de la cultura”.

Cada viaje un momento especial

Cada uno de los viajes le permitió a Guillermo una vivencia particular. “Porque  cada lugar tiene su rasgo prominente. Por ejemplo, es una sensación muy fuerte, en Jerusalén, poner las manos en el Santo Sepulcro, mojárselas en la misma pira en la que fue lavado el cuerpo de Cristo. Estar allí mismo en el museo del holocausto, donde no pude pasar de la primera sala al ver tanto horror. El contraste entre un momento muy fuerte de espiritualidad en el Santo Sepulcro y el dolor por la barbarie.
 en el museo del holocausto”.
“Pero no dejo de tener en cuenta las bellezas de nuestro país. En 1943 llegué al glaciar Perito Moreno cuando todavía no había nada más que naturaleza en estado puro. La inmensidad de las catataras del Iguazú, la quebrada de Humahuaca en  Jujuy. Pero por sobre todo la meseta patagónica, parajes como Anecón Grande y Clemente Onelli, que siempre viven en mi memoria”.




Guillermo Yriarte, nacido el siete de julio de 1922 en Paso Peñalva (actualmente Pomona), provincia de Río Negro. Peón rural, prensero y esquilador, alambrador, agente de policía y oficial, martillero y juez de Paz, legislador provincial, investigador de las artes folklóricas, pregonero internacional de la cultura de la Patagonia. Sobre todas las cosas: un hombre que vive con intensidad cada momento.

“¿Qué me faltó hacer?. Yo tuve mucho tiempo casi como un complejo por no haber realizado estudios superiores. Me basé siempre en lo que pude leer en los libros, pero  cada escritor hace una interpretación de cada cosa y yo quizás no he podido entender esas formas de ver las cosas, por esa falta de una mayor capacitación”, don Guillermo se queda mirando el horizonte, siempre esperando una señal, un aviso que despierte su curiosidad y lo ponga en movimiento, con la mochila al hombro.

Textos seleccionados, de Tradiciones del Río Negro, por Guillermo Yriarte



El guasquerío

Con el nombre de guasquerío se designa en las estancias al conjunto de sogas para uso diario. Están trabajadas en forma no muy prolija pero tratando de que estén bien sobadas y engrasadas.
El capataz elige un animal para el consumo cuyo cuero se destinará a hacer sogas. Para ello se asegura que el animal sea un novillo gordo, no muy joven y, en lo posible, del tipo criollo, porque tiene el cuero más grueso y resistente.
Se recomienda a los carneadores mucho cuidado en la  tarea de desolle cuando se trata de cueros para hacer lazos y se utiliza el cuchillo solamente para abrirlo y desollar las partes de las patas y el cogote. El resto del cuerpo se desolla arrancando el cuero, para lo que se utiliza el ojo del hacha, con el que se dan golpes entre el cuero y la carne, teniendo tensa la piel que el golpe dado la haga desprender, sin la  más leve cortadura que pueda constituir una falla que estropea el trabajo de todo el lazo.
Para los casos de guasquerío general el trabajo del desollado se hace a cuchillo, con el mayor cuidado para evitar los cortes, luego el encargado de la tarea, al que llaman soguero, elimina las garras,  da al cuero forma ovoidal y empieza a cortarlo en tiras de seis a ocho centímetros, según la aplicación que le darán.
En esa tarea se observa al soguero ejercitar el tacto y luego, en partes, saca las tiras de cuero más anchas, dando la sensación que no sabe hacer el trabajo porque la tira de cuero que obtiene no es pareja, ya que en partes es  más ancha y en otras lógicamente más delgada. Luego se constata que su sabiduría es mucha y que sus dedos actúan como un micrómetro que le va marcando los distintos espesores del cuero. Por ello en las partes más delgadas lo corta más ancho y al estirarlo se compacta de tal modo que queda todo parejo.
Luego viene la tarea de lonjear las tiras de cuero obtenidas, o sea quitarles el pelo. Para ello se emplean varios sistemas: uno de ellos consiste en poner el cuero en agua hasta que el pelo se desprenda, este método tiene el inconveniente que resiente la calidad del cuero. Otro de los sistemas es colocar las lonjas en una tina con agua y ceniza, esa lejía ablanda el pelo y lo hace desprender. El tercer procedimiento consiste en tener el cuero dos días en el agua, luego sacarlo y con un cuchillo filoso quitar el pelo, para ello es necesario mantener la lonja tensa lo que se obtiene atándola entre dos palos.
Después de lonjeado el cuero debe ser sobado y también en esta tarea se emplean varios sistemas. El más común es el torno o maroma, para lo cual se prepara el cuero enterrándolo en un terreno húmedo, lo que ablanda el cuero sin mojarlo. Luego se prepara un colgadero simplemente se utiliza una rama gruesa y sobresaliente de un árbol, allí se dan v arias vueltas al cuero formando una especie de  madeja, cuya parte inferior llega hasta un metro del suelo y la superior no supera los tres metros. En esta parte inferior se le cuelga una cosa pesada y entre ellas, en lo posible, una rueda cuyo radio no supere en mucho el metro.
Preparado esto, el que sobará el cuero empezará a hacer girar la rueda o el peso que a su vez inicia un movimiento de torsión que, poco a poco, va elevándose hasta que al llegar al límite de la fuerza del operario éste lo suelta  y empieza a  desenrollarse por inercia, al llegar al final empieza a enrollarse de nuevo continuándose con el mismo procedimiento. Cada tanto, de acuerdo al ritmo del trabajo, se hace girar la soga para que se someta pareja a la acción de la torsión y sin esta tarea se ponen más de una persona en dos días se puede sobar perfectamente un cuero de vacuno.
Estas  sogas están listas para ser usadas para trabajos rústicos. Si hubiera que destinar algún trozo a trabajos fines, habrá que completar el trabajo de sobado con una maceta,  trozo de alpataco, lapacho o cualquier madera dura en forma de maza y con una parte fina que hace las veces de asidera  o astil.  
El trabajo a maceta se realiza sobre un tronco y el cuero va golpeando de modo que va quedando en forma de espiral. Todavía queda el toque final, que se da con la mordaza; esta también es de madera y con  una caladura central que permite que el cuero quede entre medio. Poniéndola en un ángulo inclinado y luego tirando hacia atrás hace fricción sobre el cuero que, con varias pasadas, toma la suavidad propia del cuero sobado.
El guasquerío común no tiene detalles  de lujo pero sí de consistencia. Las costuras son con tiento grueso, visible; se utilizan argollas de acero y los botones para prenderlo son los sencillos, llamados botón  pampa y gorra de vasco, que son los más comunes.
De aquí deben salir los bozales para palenquear potros, atadores, maniadores, maneas, rodadoras para animales mañeros, torzales, lazos para uso diario, coyundas para ungir  bueyes y en los lugares donde se trabaja con  hacienda alzada; es decir, completamente salvaje; se hacen amansadores, que son tiras de  cuero de algo más de dos metros  y se usan para la tarea de amansar dichos animales.
Una vez  capturado un animal  vacuno en estado salvaje se le marca, luego le colocan una manea que le atan de una mano, apenas sobre la pezuña , atando el otro extremo a las astas de modo tal que , por ser algo corta, el animal  debe caminar con la cabeza gacha para  dar el paso, lo que le impide disparar, hasta que se acostumbra a los animales mansos con los cuales se mezcla.
Se nos ha olvidado decir que mientras van cortando las tiras de cuero, para el mejor aprovechamiento de éste, se suelen dejar sin utilizar el centro en un ancho de un os cuarenta centímetros por  unos sesenta centímetros de largo, lo que luego se utilizará para hacer encimeras.
Esta pieza del recado por ser muy conocida quizás no necesita descripción, pero aun así diremos  que es la que, sobre los bastos y con la cincha a la cual se une por correones, aprieta el recado. A esta van sujetos los estribos por  medio de correas de cuero que se le llaman arciones.  Se le suelen colocar dos tientos finos y no muy largos en la parte de adelante donde se atan las  boleadoras y dos tientos más largos en la parte de atrás, donde se atan las m aletas si se va de viaje o de compras y el producto de la caza, cuando algún piche, peludo o avestruz tuvo la poco  feliz idea de cruzarse en el camino.

Nombres de perro

En  todos los lugares y desde los  tiempos remotos a los  perros se les ha puesto un nombre que permite llamarlo u ordenarle determinadas cosas, por lo que  no sería motivo especial tratar un tema tan trillado, si no fuera porque nuestro criollo ha tenido características muy especiales en varios aspectos. Uno de ellos es su carácter festivo, que lo ha llevado a poner a su  perro nombres que podían mover a risa o que daban lugar a chanzas, aunque por cierto nunca hemos encontrado un perro con nombre que pueda considerárselo lesivo a la moral o a  las buenas costumbres, lo que no implica que algunos no sean picarescos.
Es más, al preguntar el nombre de un determinado perro, en la campaña se puede  determinar si el animal es pueblero, de mujeres o de trabajo de campo. En los primeros abundan los Lobos, Nerón, Capitán, Black, etc  .; mientras que en los según dos habrá Manchita, Negrito, Bobby, Canela, Muñeca y otros casi siempre con diminutivos; mientras que para los del  campo Cuantopise, Pregunte, Cusí, Cuatro, Quiensabe, Cáchelo, Corbata, Tigre, etc.
En las averiguaciones que hicimos con relación a estos nombres y la razón de su imposición, el primero, Cuantopise, llevaba ese nombre porque su dueño decía que todo cuanto pise la tierra era presa segura de su galgo.
Supongamos que preguntemos a alguien: ¿Cómo se llama su perro?. Y nos responda: ¡Pregunte!. Por supuesto que replicaríamos que es eso lo que estamos haciendo para recibir la misma respuesta, lo que provocará la consiguiente confusión hasta determinar que en realidad Pregunte es el nombre del animal y por lo tanto nos estaban respondiendo correctamente. Este tipo de chanza ocurre también cuando el nombre del can es Cual o Piense, pero no ocurre lo mismo cuando al llegar a una casa nos vemos asediados por un perro y su dueño le grita: ¡Cáchelo, Cáchelo!; que es una forma de azuzar por agárrelo, con lo que se indica al animal que muerda al intruso, mientras que con este raro nombre al  decir Cáchelo lo está llamando, creando la consiguiente confusión que será festejada cuando el visitante conozca esa circunstancia.
Con relación al  nombre Cuatro,  nos pareció carente de sentido hasta que el dueño nos explicó que ese perrito blanco, con dos manchas negras sobre los ojos, al mirarlo parecía tener cuatro ojos y así lo  bautizó pero luego, para abreviar, sólo  le quedó el nombre de cuatro que en esta explicación sí tenía razón de ser.
En otra ocasión conocimos un perro de nombre Faquir. Su dueño nos explicó que había  leído sobre el faquir de Suniaci y como su galgo era negro y delgadito le pareció oportuno comparar la figura del faquir con su perro  y de allí el nombre.

El saludo campero

Nuestro gaucho ha s ido modelo de educación y es proverbial su respeto hacia las demás personas. Por eso mismo resulta digna de destacar la  costumbre tan arraigada que si alguien llega a casa desconocida grita desde el palenque un  Ave María Purísima y hasta que no le contesta un sin pecado concebida y abájese se mantiene en este límite sin pasarse, porque para la gente de campo hasta el palenque de cualquier casa se puede llegar, pero de allí para delante es entrar en lo privado no ya  como propiedad sino como intimidad. Se está pasando al hogar, donde no se le ha invitado.
Cuando se trata de jóvenes de  visita a  casa conocida, y más si el que sale a recibirle es joven  también, el criollo luego de sacarse las espuelas junto al palenque, por más que se le invite a pasare, queda medio alejado hasta que se han hecho varios floreos verbales, con frases de doble intención como: que viento lo  habrá traído, o mirando al cielo: pueda ser que se vaya pronto esta tormenta, o cuando las viejas salen es señal que va’cer buen tiempo; todo ello dicho por el de la casa simulando no haberse dado cuenta de la presencia de la visita, no obstante dirigirse hacia él hasta estrecharle la mano.
De allí en adelante merece párrafo aparte. El saludo deja de ser tal para poner frente a frente a dos furiosos contendores que se amagan puñaladas, se tiran hachazos, si armas o cuando  más con el rebenque, todo ello por breves instantes hasta que uno de ellos se detiene  y juntos penetran a  la  casa.
Al despedirse siguen las frases intencionadas, como ojalá que no vuelva a  llover u otras que parecieran indicar que la presencia del que se va no es grata, pero en  realidad sólo tienen como motivo el provocar  la réplica del contrario, lo que da lugar a una nueva contienda verbal.

El sargento Pacheco

En la región subandina de Río Negro, en un área comprendida entre El Caín, Maquinchao hasta Onelli vivió un hombre llamado Jacinto Rodríguez, tenía  gran fama de “malo”; se cuentan de él infinidad de sucedidos destacándose que había formado parte de la banda de la Inglesa Bandolera, de la que se había separado porque no le gustaba matar ni tampoco le seducía robar. Era sí muy afecto al juego de naipes, carreras , taba y dados. Fue en esas jugadas donde nacieron muchas de las hazañas contadas, porque no permitía trampas y siempre salía en defensa de los más débiles, lo que le ganaba el respeto de sus defendidos, que sabían  que a su lado estaban protegidos de bravucones o pendencieros comunes que tenían muy especial cuidado de no enfrentarse a Rodríguez.
En el destacamento de policía de Onelli había sido designado el sargento Gregorio Víctor Pacheco, cuya historia por si sola sería suficiente para un sabroso libro de aventuras en las que ganó fama de guapo y ser hombre de armas tomar. En la oportunidad a la que nos referimos estaba a cargo del destacamento de Onelli pero su fama de guapo o pesado había trascendido más allá del pueblo de su destino llegando hasta el paraje El Caín, donde a la sazón estaba viviendo Jacinto Rodríguez.
Escuchar las hazañas, seguramente aumentadas, atribuidas al sargento Pacheco y pensar Rodríguez en la necesidad de comprobar personalmente cuánto había de cierto y hasta donde llegaba la capacidad del famoso, fue todo uno.  Así que se propuso salir de dudas y viajar hacia Onelli para buscarles las cosquillas al sargento y comprobar si era merecida o no la fama de guapo que le asignaban sus informantes.
Poco tiempo después de tomada esta resolución Rodríguez llegó a media mañana a Onelli y se dirigió al boliche de don Elías Chaina. Como casi todos los boliches de campaña era de ramos generales, acopio de frutos del país, casa de comidas, peluquería, alojamiento, etc. Allí en la conversación, como al descuido, averiguó que Pacheco había salido  muy temprano a hacer una diligencia. Lo esperaban para la hora del almuerzo, lo que hacía en ese lugar pues tenía pensión allí, ya que su familia vivía en Bariloche por problemas de escolaridad de sus hijos.
Rodríguez se demoró en el negocio y cuando llegó el mediodía Chaina, que conocía los antecedentes de éste, se encontró con el dilema de invitarlo a  almorzar y correr el riesgo de que regresara Pacheco y entre ambos pudiera ocurrir algún incidente. Su intuición le indicaba que la visita de Rodríguez no era casual y su sagacidad había captado perfectamente que éste, muy discretamente había llevado la conversación para averiguar donde estaba el policía y cuando regresaría. Mientras tanto al salón del negocio llegaba el aroma del asado por lo que invitó a su cliente a pasar a la cocina comedor, donde almorzarían.
La cocina aquella, como la mayoría de las de la línea sur, era amplia, con una cocina de hierro Istilart en el centro, la que permitía en los días fríos rodearse a ella. Junto a las paredes había bancos de madera con almohadones y sobre un costado una pileta de cemento y mesada del mismo material. Entre la cocina y los bancos había un caño chico, achatado y enterrado hasta la altura del piso, donde se colocaba el asador para que de allí cada uno cortara la porción de asado a ingerir.
Tal como había sido previsto, poco antes que el asado estuviera a punto, arribó Pacheco el que luego de quitar los aperos a su caballo, llevarlo al corral y darle pasto, pasó a la cocina donde se hallaba Rodríguez, el que le fue presentado. Luego de  los saludos de práctica Pacheco se sentó a la izquierda del recién llegado al pago y se inició una conversación de circunstancias, refiriéndose al  estado del tiempo, posibilidad de que empeore o mejore y cualquier otra nimiedad.
La vida del policía en campaña le imponía a Pacheco  la necesidad , además de portar las armas de  reglamento, de llevar un cuchillo para utilizar en las comidas y demás  menesteres que se pudieran presentar en los viajes. Pacheco lo usaba y como era molesto llevarlo en la cintura, y además hubiera sido ostentación de armas, lo ponía en la  bota derecha, donde le quedaba más mano para cualquier emergencia. Este detalle no pasó desapercibido por Rodríguez, máxime teniendo en cuenta que por la proximidad de ambos el arma quedaba al alcance de su mano.
Listo el asado Chaina invitó a ambos para que se sirvieran y allí también, como es de costumbre, se ofrecían mutuamente hacer el primer corte con un “sírvase”, “gracias usted primero”, lo que se repitió dos o tres veces hasta que Rodríguez con un movimiento rápido sacó el cuchillo de la bota de Pacheco y como si hubiera sido suyo se adelantó a cortar el asado, diciendo “bueno, ante la insistencia”. No había cortado todavía cuando el sargento Pacheco con el revólver en la mano y en posición de tiro le dice al atrevido “permítame, primero yo”, haciendo ademán como de cortar pero con los cinco sentidos puestos en los movimientos que pudiera hacer Rodríguez.
Este viendo que las posibilidades estaban en su contra, con absoluta sangre fría le dice al policía, entregándole el cuchillo... “Sírvase, con esto le va a ser más fácil”, al tiempo que retrocedió a su asiento y a su turno, con su cuchillo, cortó y comieron sin más comentarios el rico asado”.

Los dichos del truco


  • Del sur vino un viento fuerte/ del norte una polvadera/ yo vi parir una burra/ y echar una flor la higuera.
  • Soy nacido en Maquinchao/ y asentao en Los Menucos/ por nombre traigo el de flor/ y por apellido truco.
  • Doña Juana Pedernera/ a su hijo mayor le escribe/ diciéndole que ella vive/ como flor en la tapera.
  • Cantando estba Gabino/ las penas de su dolor/ toda planta tiene aroma/ y hasta el cardo tiene flor.
·         Estando en una jugada/ soy un tipo ligador/ vuelta a vuelta el as de espadas/ con una machaza flor.
  • Alambrado de siete hilos/ campo flor y buena aguada/ si quiere ganarme al truco/ aproveche la bolada.
  • Se me perdió una potranca/ y estas señas voy a dar/ lleva una flor en el anca/ y un truco en el costillar.
  • Orejiando tres cartones/ estaba la zorra vieja/ se echaba y se levantaba/ con una flor en la oreja.
  • Pinta aquel que tiene ganas/ pinta el que sabe pintar/ pinta una flor en mis manos/ y al truco quiero jugar.
  • Tamos medio derrotaos/ pero no le temo al cuco/ pues cantan los colorados/ una linda flir y truco.
  • Viniendo de Buenos Aires/ en una lancha a vapor/ casi me caigo en el río/ por manotiar esta flor.
  • Por fin empiezo a ligar/ lindo punto me ha venido/ pero como tengo flor/ no le digo falta envido.
  • Supe tener un potrillo/ de la marca de los Luro/ y ahura tengo tres de flor/ y dos del truco seguro.
·         Viniendo de Buenos Aires/ pasando por Chacabuco/ me encontré con una jugada/ canté flor y dije truco.
  • En los pagos de Lamarque/ me hice un cabresto trenzao/ pa’palenquiar esta flor/ en el invierno pasado.
  • En mis tiempos de carrero/ yo también supe tener/ lujo de pingos y apero/ y hasta una flor de mujer.
  • Yo soy un pobre soldado/ que viene del regimiento/ para cantarle esta flor/ ¡con su permiso sargento!
  • Unos cantan porque  saben/ yo canto por aprender/ perdóneme si le digo/ flor y truco sin saber.
  • He venido de mi rancho/ al galope en un peludo/ pa’mostrarles esta flor/ y dos del truco seguro.
  • De la flor de mi jardín/ el nardo es el preferido/ si no le gusta el olor/ para el truco lo convido.
  • Yo soy como picaflor/ que pica al flor volando/ te escaparás del envido/ pero el truco, ni soñando.
  • Chubut tiene el Mirador/ y Neuquen tiene Zainuco/ yo solo tengo una flor/ y me gusta para el truco.
  • Salí a boliar avestruces/ p’al campo de los Maidana/ volié un charabón machazo/ y comí flor de picana.
  • No te hagás la remolona/ que me canso de orejiar/ mejor salí flor chiquita/ y al truco vi’a disparar.
  • Pare y largue dijo Altuna/ estando al pie de la estiba/ se creyó de flor y truco/ y se quedó patas pa’arriba.
  • Cuando los veo barajar/ corto seguro en el mazo/ sabiendo que he de ligar/ un flor y truco machazo
  • Lárguemelo puerta afuera/ dijo un criollo pialador/ que tengo un brazo seguro/ con un trenzao de mi flor.
  • Brillan tus ojos mi negra/ como carbón encendido/ pero más han de brillar/ si le digo falta envido
  • Cuando la muerte me lleve/ de esta vida desgraciada/ pónganme junto a la cruz/ esta linda flor de espadas.      










Entrevista, compilación de textos y transcripción por Carlos Espinosa, setiembre 2006-junio 2007

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