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domingo, 13 de marzo de 2011

David Viñas: fragmento de "Los dueños de la tierra"

“Pero no lo fusilaron, no. Afuera habían quedado el viento y el olor a cordero asado y esos camiones negros y los soldados que lo miraban con curiosidad, con respeto y un poco asqueados: él era el culpable, era algo diferente a todos, y para que las cosas anduvieran bien, todos se tenían que parecer a todos. Seguramente pensarían: ese rubio había sacado la cara nada más que para compadrear, quería ser jefe, quería ser distinto. Que se la aguantara, entonces. Si uno anda tratando de ser diferente, lo hace para ser jefe, para mandar a los demás, para estar sobre los demás. Y eso se puede tolerar mientras gana, pero un jefe, un Diferente que fracasa, tiene que desaparecer. Y mientras desaparece tiene que entender de una buena vez que todos los que se la aguantan, en el fondo, quieren ser Jefes, pero no se animan. Un Jefe-Fracasado debe pagar por lo suyo, por su osadía, y por la cobardía de todos los demás. Y un Jefe-Distinto y Fracasado debe ser un chivo emisario. Porque, además, siempre resulta edificante ver la liquidación de uno de esos tipos. Y entretiene. Y uno se siente bastante más infame pero comprende que no corre riesgos y se felicita por ello. Seguramente los soldados pensaban eso mientras Baralt y el sargento Gordon cuchicheaban. Stocker esperaba de pie, al lado de unos fardos de lana y los doce soldados del pelotón se habían quedado en la otra punta del galpón, en la penumbra. Lo pondrían delante de esa pila de fardos, le atarían las muñecas, a lo mejor le preguntaban si quería que le vendaran los ojos y el diría que no, después formarían a esos doce soldados en dos filas de a seis cada una, muy abiertas, Baralt se pondría a un costado, del otro Gordon, uno de ellos daría una señal aguda, un cuchillo, un ¡ah! rotundo o una especie de estruendo y un gran estampido llenaría ese galpón, las caras de los soldados y su propio pecho. Un gran estampido y ¡listo! Que le metieran, vamos, pero Baralt y Gordon seguían cuchicheando en la otra punta del galpón. “Vengan, vengan de una vez, no sean pijoteros” llegó a murmurar Stocker. Pero Baralt hacía señas de que los soldados del pelotón se retiraran en descanso. Y esos doce hombres, medio envarados, medio respirando con alivio o con decepción, salieron por el ancho rectángulo iluminado de la puerta.
-¿Y, qué hacen?- les preguntó Stocker como si los insultara, para ver si ordenaban algo y lo hacían sonar o lo volteaban al suelo. Pero, después de eso lo castigaron ¿cinco horas? ¿dos horas? Algo muy espeso se fue desmoronando sobre Stocker. Le ataron los pies y manos con algo que creyó que era un cinturón y después resultó una bufanda.  Baralt se fue, hubo un chirrido de ruedas y ese gran rectángulo de luz fue desapareciendo. Y el olor a carne asada fue reemplazado por un penetrante perfume de pasto seco, de lana prensada y de humedad. Gordon encendió una lámpara de querosén y Stocker pensó que eso no se hacía porque era una barbaridad con tanto pasto seco y bolsas y madera. Pero Gordon avanzó como si tal cosa, balanceando esa lámpara con un ademán idéntico al de un guardatrenes.
Después lo empezó a golpear. “–Tenés que decirnos todo lo de la huelga”, anunció, y le pegó sin esperar a que Stocker contestara o por lo menos reflexionara un minuto. De ninguna manera. De entrada le dio con los puños, porque Gordon tenía la certeza de que así, tan parado como estaba Stocker, no iba a largar nada. Lo golpeó para que hablara de sentado, desde más abajo. “–Tenés que decirnos, largá…” repetía, tiraba una trompada y se quedaba con los puños delante del pecho, en guardia. No esperaba y decía “¡Tomá!”. No. Tampoco lo insultaba, sino que pegaba con cierto ritmo, con una cautela muy especial, como si temiese que Stocker  lo escupiera o agachara la frente para darle un cabezazo.   En esa pose el diminuto Gordon tenía algo de un peso mosca. Es que realmente era un insecto descarnado y veloz. Y Stocker tuvo una especie de agradecimiento mientras sentía esos golpes breves, duros, certeros, y alguien que lo hubiese visto hubiera pensado lo mismo,  porque con cada puñetazo de Gordon, Stocker se doblaba agachándose en una reverencia:  había proyectado algo, no le había salido, había sido un imbécil desde el momento en que le tiró a Corral y le erró dos veces delante de todos sus hombres hasta el instante en que se había hecho la ilusión de que a los del ejército se los tragaba porque alguna vez, hace mucho, allá en Bahía Blanca, había oído decir que eran muy brutos y que uno les podía hacer creer cualquier cosa. Y eso era tan falso –comprendió con una dolorosa y veloz claridad- como decir que todos los marineros eran cornudos o que los médicos mataban a sus enfermos o que en los colegios de curas les hacían cosas a los chicos o que ningún gringo sabía andar a caballo.
“-Tenés que decirnos… largá”- seguía Gordon. Y Stocker aguantó mientras tuvo cosas que pensar. Él buscaba de oponerle esas cosas para que se las fuera destruyendo, para que lo aniquilaran. Él ansiaba eso. Eran fogonazos y él iba preparando cada recuerdo cuando preveía el golpe de Gordon que para ser más eficaz depositaba la lengua entre los labios como un chico aplicado que se empeña en hacer buena letra. Y cada uno de los recuerdos de Stocker le servía para aguantarse, porque él  quería que lo liquidaran, pero sin abrir la boca. Es que los recuerdos sirven para eso mientras a uno lo golpean: cuando había ido por primera vez al Sindicato en Bahía y le preguntaron si sabía leer y él dijo que si, y sí sabía escribir y él contestó que sí también, y si sabía manejar auto y él pronunció un sí orgulloso de hombre joven que puede y no es cualquier cosa, y también se sintió satisfecho cuando dijo, mientras le llenaban la ficha de afiliado, que su madre había nacido en Silesia y su padre era berlinés, pero, en cambio, se sintió muy incómodo cuando ese empleado del Sindicato que usaba anteojos con cadenita le preguntó si sabía algo del alemán y él tuvo que reconocer que más allá del ‘ja’ y del ‘nein’ y tres o cuatro cosas más, no conocía nada.
-“Tenés que decirnos… largá”- repetía Gordon. Él era eficiente para pegar; estaba parado a medio metro de Stocker, con las piernas abiertas y si había empezado dando una serie de cinco puñetazos bien firmes que retumbaron en ese galpón vacío, después continuó con una especie de uno, dos, de izquierda y de derecha, mientras repetía en cada pausa, el mismo tono que podría haber usado para llenarle la ficha en el Sindicato de la Carne. “-Tenés que decirnos todo… largá” y con cada sílaba iba un golpe, un aislado cross a la mandíbula, y Stocker para no aflojar, apuntaba con la cabeza hacia el filo de luz que dejaba escurrir la enorme puerta del galpón. Porque si al comienzo había mirado hacia la lámpara de querosén, al cabo de un rato comprendió que no aguantaría ese brillo azulado. Pero él no se iba a quejar, que lo golpearan todo lo que se les diera la gana. El quedaría con todo el cuerpo ablandado, con todos los músculos flojos, menos la boca. Que le dieran un golpe por haberse creído un jefe, otro por haber calculado que era mejor que Soto y que lo podía reemplazar y otro porque se había hecho la ilusión de que tenía buena puntería y que los iba a deslumbrar a sus hombres y que lo había engañado a ese sargento medio enano. ¡Que le dieran! Claro que mucho mejor hubiera sido acabar de una vez y después tumbarse en una especie de charco negro y quedarse ahí para siempre.
Pero el sargento Gordon se había quitado la chaquetilla, se había arremangado y lo seguía golpeando después de palparse las dos grandes manchas de sudor que le humedecían las axilas”.

Viñas, David   Los dueños de la tierra, Buenos Aires, Lorraine, 1974 p. 214-17 

Nota de Patagonia Textual: David Viñas escribió “Los dueños de la tierra” entre 1956 y 1958 (la primera edición, de Losada, es de 1958) cuando nada hacía imaginar que la violencia del Ejército contra civiles “insurgentes” sería moneda corriente 20 años más tarde. La descripción de las torturas parece extraía de algún expediente de un juicio contemporáneo por violación a los derechos humanos. Cuando describe el pensamiento perverso de los represores estremece leer esa frase que dice “…un Diferente que fracasa, tiene que desaparecer”. Dos de los hijos de David Viñas fueron detenidos-desaparecidos por la Dictadura.

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